Microrrelatos:
Akanksha

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En la vestimenta de Akanksha, un sari de colores rojos y anaranjados tejido con hilo dorado, se destila el olor de las especias que siempre imperan en su cocina. Huele a curry, comino, cayena, cilantro y canela, las especias con las que Akanksha ha dado su sabor indio particular a las deliciosas samosas que ha preparado durante la mañana.

A la hora en punto que su nuera le ha indicado, ya está frente a la puerta de la escuela, para recoger a Abhay, su nieto de cinco años. Cuando el niño sale por la puerta, da la mano a su abuela y juntos se dirigen hacia los columpios que hay en el parque situado al lado de la escuela. Akanksha se sienta en un banco, le da para comer a Abhay una samosa, y un yogur para beber. Cuando el niño, obediente, ha terminado la comida y la bebida que su abuela le ha entregado, sale corriendo y se dirige al tobogán más cercano.

Con calma, Akanksha espera sentada en un banco a que él se canse de subir y bajar por el tobogán, mientras grita, ríe y corre con sus amigos de la escuela. Abhay es un niño feliz, parece que siempre está contento. Pero Akanksha no lo es. Desde que nació el niño, que Akanksha vive en Estados Unidos, en casa de su hijo y de su nuera, y ella se ocupa de Abhay. En principio era sólo por unos meses, para ayudar a su nuera cuando el niño era pequeño, pero el tiempo se ha ido dilatando y se ha quedado una temporada larga que no sabe cuándo finalizará. Akanksha no sabe hablar inglés, y tiene muchas dificultades para entenderse con la gente de su alrededor. A menudo le pregunta a Abhay qué le dice el cajero del Trader Joe’s, su supermercado de proximidad, cuando entran para comprar aquellas judías en forma de riñón que tan poco se parecen a las que cocinaba ella en la India, pero que son mejores que las que ha probado de otros establecimientos.

Por las mañanas, después de dejar a Abhay en la escuela, Akanksha regresa a la casa con paso cansado y cocina platos típicos de su hogar. Y mientras huele las especias que conoce desde pequeña, observa el vapor que emana de las cacerolas, comprueba el tacto de la carne y de la pasta mientras les da la forma deseada, ella es feliz. Una vez terminada la tarea culinaria, se da cuenta que el tiempo ha pasado volando, recoge un poco la casa y se dirige hacia la escuela para recoger a Abhay.

Hay mujeres que la saludan con una amplia sonrisa en la cara, pero ella les devuelve el saludo con una ligera curvatura de sus labios, aunque es difícil distinguir si se trata de una sonrisa, o más bien de una mueca. 

Y mientras espera que Abhay baje por el tobogán, Akanksha se deja arrastrar por la nostalgia que le invade el corazón y el alma. Anhela regresar a la India, a Bombay, a su casa repleta de luz y de color, al bullicio de las calles, a las risas, los bailes, la familia. Desea volver a su hogar, pero sabe que su sitio está aquí, en casa de su hijo, un reconocido doctor de un importante hospital de Boston, que siempre está ocupado y que trabaja hasta altas horas de la noche. Akanksha quisiera decirle a su nuera que deje el trabajo y que se ocupe ella de su hijo. La nuera de Akanksha trabaja en unos laboratorios, por lo visto también muy importantes, y ostenta un cargo, por lo visto también muy importante. ¿Pero para su nuera es más importante el trabajo que su propio hijo? ¿Por qué tiene que trabajar ella fuera de casa? Con el sueldo de su hijo como doctor ya vivirían muy bien. ¡La mujer debería quedarse en casa y no depender de la suegra!

¿Pero cómo puede Akanksha decirles lo que piensa a su hijo y a su nuera? 

Akanksha

Akanksha tiene un sueño. Quiere que su hijo regrese con ella a la India, para que pueda ejercer de médico en Bombay. Y ayudar a los necesitados. Y, por encima de todo, a su familia. Akanksha estaría muy orgullosa. Pero sabe que debe esperar. Ahora, su hijo, su nuera y su nieto viven en Boston. Y su hijo necesita prosperar un poco más. O, como mínimo, eso es lo que le cuentan a ella casi cada noche, cuando los cuatro, alrededor de la mesa, comen con fruición los manjares que ella les ha preparado.

Tendrá que esperar a que su sueño se convierta en realidad. ¿Quizás un año? ¿Quizás dos?

Todo llegará.

Y ella volverá a ser feliz. En casa.

Roser Rovira