Microrrelatos:
María Isabel

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Una ligera brisa se paseaba juguetona entre los árboles del inmenso jardín, y tocaba con timidez los cabellos de María Isabel, dándole la bienvenida en aquel paraje que parecía salido de un cuento de hadas. La naturaleza se expresaba en todo su esplendor, permitiendo que una gama de verdes brillantes impregnara de vida vegetal todo lo que ella podía divisar. Al fondo, un lago cristalino jugaba con los rayos de sol, y éste transformaba sus gotas en diamantes perfectos que iluminaban la superficie, convirtiéndolo en un cristal delicado, que parecía poder romperse en mil pedazos. A derecha e izquierda, árboles imponentes, testigos silenciosos del crecimiento humano, posaban callados, sin juzgar jamás las charlas, luchas y victorias de los habitantes de aquella parte del mundo, a quienes proporcionaban una sombra delicada, que se agradecía enormemente durante los meses del largo verano. Aquellos árboles se vestían con hojas pintadas de rojos, naranjas y amarillos durante el otoño, como si el mejor artista del mundo hubiera osado dirigir la naturaleza hacia el máximo esplendor. Y se cubrían con un manto blanco en los fríos meses de invierno, donde todo el mundo se quedaba callado, donde se podía escuchar tan solo el precioso ruido del silencio, mientras los copos de nieve bajaban del cielo hacia la tierra, poco a poco, con precisión, para deleite de unos habitantes acostumbrados a la magia blanca, que podían contemplarla a través de inmensos ventanales. Y los mismos árboles florecían en primavera, permitiendo que las flores, inquietas y etéreas, inundasen de colores y de ruidos silvestres aquel mundo de perfecta harmonía temporal.

En el jardín, María Isabel estaba plácidamente sentada, permitiendo que aquella brisa jugase con sus cabellos, le acariciase la cara y le calmase el alma. Se tomaba lentamente pequeños sorbos de una infusión de manzanilla, miel y canela, que entonaba perfectamente con aquel ambiente de serenidad y esplendor al mismo tiempo.

De pronto, escucha cómo se abre la puerta de la casa, y ve a su hija Ángela, llevando en brazos a su nieta, Floreana. María Isabel sonríe. Se olvida por completo de la brisa, de los árboles, del sol y del lago. Sólo tiene ojos para esas dos personas que ocupan su mundo, su pensamiento, su corazón. No sabe cómo el tiempo ha podido escaparse tan deprisa entre sus manos.

Recuerda con nostalgia aquel día en que ella y una Ángela chiquilla, risueña y divertida regresaban en coche hacia su casa. La noche era negra pero cargada de estrellas, y María Isabel conducía en silencio, pensando que su hijita estaría plácidamente dormida, mecida por el ronroneo del motor y el vaivén de la carretera. Su sorpresa fue mayúscula, cuando escuchó a Ángela preguntar:

– Mamá, ¿Qué es el infinito?

María Isabel sonríe, sin apartar la vista de la carretera. ¿Cómo puede contestar a esta pregunta, sin faltar a una verdad desconocida?

– El infinito es una cosa que se extiende por todos lados, sin principio ni fin.

Consigue articular, un poco satisfecha con esta respuesta, y orgullosa de que su hija sea capaz de formular, ya de pequeña, las grandes preguntas con las que lidia la humanidad desde tiempos ancestrales.

Y ahora María Isabel, con el tiempo tejiéndose entre sus manos, observa a una Ángela mamá, y a una Floreana divina, que se le acercan.

– ¡Abuelita!

Pronuncia su nieta, mientras extiende los brazos hacia ella.

La abuela, orgullosa y divertida, con el corazón fundiéndose de amor infinito, coge a su nieta entre sus brazos y la observa con detenimiento. Floreana acarrea un cuento en una mano y una galleta en la otra, y alza el cuento, mientras se lleva la galleta hacia su boca. Aunque el mensaje se encuentra en el mundo de la mímica, está claro como el agua del mar. Abuela, ¿Puedes leerme el cuento mientras yo me como trocitos de galleta, por favor?

Y la abuela María Isabel obedece. Sienta a Floreana en su regazo y, mientras la niña come trocitos de galleta y observa atentamente a los personajes del libro, ella le lee uno de sus cuentos preferidos. La brisa, juguetona, retoma el juego con los cabellos de María Isabel, y ahora también con los de su nieta. Terminado el cuento y la galleta, Floreana guía a su abuela hacia el interior de la casa, y entre las dos buscan al peluche, aquel conejito que se llama Margarita. Cuando lo encuentran, la nieta muestra a la abuela su muñeco y María Isabel se agacha, mira a Floreana con ternura, y recita su poema:

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Y Floreana, divertida, mientras escucha el poema, acompañada de Margarita, su conejito de peluche, persigue a su sombra, a la que no consigue alcanzar.

Microrrelato - María Isabel